Piel sensible, cuídala con mimo

Biotherm

Hace unos años se consideraba que el cutis sensible correspondía a pieles con una sequedad extrema, muy finas y de un color pálido-rosáceo, asociadas a personas de piel muy clara y cabellos rubios y pelirrojos. Sin embargo, actualmente esta categoría se ha ampliado debido principalmente a que cada vez hay más pieles con problemas de reacción a múltiples factores, desde activos cosméticos a comidas, condiciones atmosféricas, cambios estacionales y un sinfín de variables que alteran los cutis delicados.

Hoy se considera una piel sensible aquella que enrojece con facilidad y que presenta irritaciones y picores. Es una piel alterada y muy frágil ante agresiones externas como la contaminación, los cambios bruscos de temperatura, una alimentación inadecuada, la falta de sueño, el cansancio, y otros factores asociados al estado emocional y psíquico como el estrés, la ansiedad, la depresión, etc. Así, pues, podemos encontrar pieles sensibles grasas, secas y mixtas que requieren cuidados muy específicos para no alterar aún más su frágil equilibrio.

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El 70% de las mujeres españolas declara tener la piel sensible, un problema que hace 20 años afectaba sólo al 25% de las mujeres. Los hombres no se libran de esta situación, y cada vez son más los que aseguran sufrir esta situación. ¿Tanto ha cambiado la piel o es que han aumentado extraordinariamente los agentes agresivos? Ambas afirmaciones son en parte ciertas, pero no son las únicas razones del aumento espectacular de los casos de piel sensible. Lo cierto es que hoy día no existe una sola definición de piel sensible, sino muchas formas de sensibilidad cutánea.

Para empezar, se considera una piel sensible aquella que es de natural vulnerable a las agresiones exteriores y que reacciona ante ellas de forma excesiva. Esta reactividad extrema se debe a la excitación de las terminaciones nerviosas de la epidermis. No debe confundirse, pues, con una piel alérgica, que es una reacción del sistema inmunitario al entrar en contacto con una sustancia identificada como peligrosa por el organismo.

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Por tanto, no todas las pieles sensibles son iguales ni deben tratarse de la misma forma. Tradicionalmente, se consideraban sensibles las pieles extremadamente secas que presentaban descamación y rojez y que se veían alteradas por factores externos como el frío, el viento o la contaminación. Sin embargo, hoy también se consideran sensibles las pieles grasas o normales que enrojecen ante estos factores medioambientales o cuya reactividad puede provenir de una fragilidad vascular (fragilidad de la pared de los vasos sanguíneos cutáneos), de una reactividad por contacto (con cosméticos que la piel no tolera, o por el contacto con agua con mucha cal o el roce de una prenda de lana, por ejemplo), o de una reactividad de origen atópico. Estas pieles son tan sensibles que pueden llegar a causar reacciones imprevistas, pueden enrojecer ante determinados estímulos externos como el frío o la contaminación, o internos como el estrés. Incluso enrojecen en momentos puntuales como tomando una copa de vino, una ducha de agua caliente o ante una cita, llegando a provocar brotes que pueden pasar del enrojecimiento inicial al salpullido, el prurito, la tirantez y el escozor. Es por ello que se las denomina reactivas.

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El tratamiento de las pieles sensibles es complejo y debe empezar por identificar qué factores producen las reacciones e intentar en lo posible evitarlos. Como norma general, hay que limpiar a diario esta piel con cosméticos adaptados a las pieles sensibles que sean respetuosos con ella, la hidraten y no la sequen, ya que una limpieza excesiva o con productos inapropiados (jabones alcalinos, productos con alcohol…) sólo provocará mayor sequedad y fragilidad. Es preferible no aclarar los productos de limpieza con agua del grifo, habitualmente calcárea, sino escoger productos sin aclarado o realizar éste con un spray de agua termal.

El tratamiento diario debe ser el adecuado a las circunstancias de cada piel, pero en general deben evitarse todos aquellos cosméticos que contengan alcohol, perfume, colorantes y conservantes, ya que son ingredientes que suelen producir reacciones cutáneas. Son muy adecuados los tratamientos que, además de calmar la rojez y el prurito, fortalecen las defensas cutáneas y aumentan la resistencia de los capilares sanguíneos.

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Aunque como hemos visto no todas las pieles sensibles son secas, sí es verdad que la mayoría de ellas tiene problemas de deshidratación. No es un contrasentido, la falta de agua afecta también a las pieles grasas. La razón parece encontrarse en el medio ambiente en que vivimos, que obliga a la piel a cambios contínuos. Un estudio realizado hace unos años por los laboratorios Lauder con mujeres de diversas partes del planeta demostró que las mujeres de Nueva York tenían niveles de deshidratación cutáneos más altos que las habitantes del desierto de Arizona. La razón: no es el clima seco la causa de la pérdida de agua, sino el esfuerzo al que se ve sometida la piel para adaptarse a los diversos y bruscos cambios de humedad relativa que se viven en una ciudad, entrando y saliendo de hogares y locales con aire acondicionado y calefacción. Al pasar a un clima o un entorno menos húmedo, la piel pone en marcha sus sistemas de adaptación: las células de la epidermis se multiplican, producen enzimas y proteínas que desarrollan lípidos (grasas) y que al llegar la capa más superficial de la piel (el estrato córneo) forman una barrera natural destinada a mantener la humedad. Un proceso que tarda varias semanas en desarrollarse y al que en la mayor parte de los casos se ve obligada a realizar varias veces al día. La piel necesita una media de dos semanas para adaptarse a un cambio ambiental importante, y hoy día no le damos tiempo. En un mismo día de verano, por ejemplo, se puede pasar de una humedad relativa del 40% en el interior de una oficina a casi el 100% en la calle. Resultado: la piel no puede adaptarse ni defenderse y pierde humedad a marchas forzadas, convirtiéndose en una piel desorganizada, sensible y reactiva.

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Actualmente las pieles sensibles disponen de una gran batería de cosméticos adaptados a sus necesidades, ya que, como hemos visto, son muchas las personas que sienten que su piel está alterada. Sin embargo, precisamente por su estado, a veces la piel reacciona incluso con cosméticos para pieles sensibles calmantes, equilibrantes e hipoalergénicos. Es por ello que, como siempre, insistimos en que antes de comprar un cosmético se pidan muestras y se pruebe durante una semana, para comprobar tanto que no produce reacciones indeseadas como que calma y equilibra la piel.

Si la sensibilidad es muy extrema o no desaparece con unos mínimos cuidados cosméticos, hay que acudir al dermatólogo. El Dr. José Carlos Moreno, Jefe de Servicio del Hospital Reina Sofía de Córdoba y miembro de la Junta Directiva de la Academia Española de Dermatología y Venerología (AEDV), asegura que la hiperreactividad cutánea es una «epidemia en auge» y que las pieles sensibles o intolerantes «generalmente se deben a la existencia de una enfermedad cutánea subyacente (rosácea, también llamada cuperosis,  dermatitis atópica, dermatitis seborréica o eccema)». Aunque añade que «sin embargo, existen situaciones en que la piel es normal pero por una idiosincrasia especial no tolera determinados tópicos», cosa a la que «pueden contribuir incluso factores psicosomáticos». (Sobre este tipo de pieles y sus cuidados, puedes consultar nuestro post Evita la rojez facial y la aparición de couperosis).

Deja que te ayuden…

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Si quieres saber más sobre tu tipo de piel, cómo identificarla, cuidarla o sobre los diversos tipos de piel, consulta nuestros post:

 

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